Diez
Prácticamente sin darnos cuenta hemos cumplido diez años. ¡Cuantas cosas han ocurrido desde que comenzamos esta aventura en un módulo de veinticinco metros cuadrados en el que cabíamos todos, y aún sobraba espacio!. Atrás quedaron amigos como Arturo cuya acusada personalidad impregna aún muchos aspectos de esta empresa.
A veces añoro esos tiempos, cuando todos íbamos a desayunar juntos y nos conocíamos mucho mejor de lo que las circunstancias actuales hacen posible.
Aunque es difícil, me gustaría que nunca perdiéramos algunos de los valores de esa época, como eran la sincera amistad que había entre los compañeros y la desbordante ilusión por el siguiente proyecto.
Y ahora que ya somos lo que llaman una mediana empresa, nos damos cuenta lo que todo ha cambiado desde entonces.
Muchas etapas hemos superado: el día que ganamos el primer concurso, las UTEs a medias con las grandes, el nacimiento de Viafirma, nuestro primer producto de verdad…
Quiero agradecer a todos los que están haciendo posible este sueño: los compañeros actuales y los que quedaron en el camino, los buenos clientes y también a los no tan buenos, a los partners y a los amigos en general que siempre estuvieron dispuestos a echar una mano.
Y ahora que nos vamos ganando el respeto de los grandes, me gustaría que nunca perdiéramos esa frescura de los primeros tiempos.
Por otros diez, o cincuenta años más…
Antonio Cabrera
Consejero Delegado del grupo Viavansi


Abro un poquito el baúl y me encuentro tantas cosas: cuando nuestra jefa de administración lo mismo te hacía los tecedós, que hacía de azafata ideal; cuando nuestro primer informático -huraño, malhablado y tierno a la vez- se dedicaba a bajarse de internet vídeos de torneos de pimpón -perdón, tenis de mesa-; cuando pusieron al segundo informático de la empresa -merengue hasta las trancas-,en una mesita detrás de la puerta (no había sitio para más) y desaparecía cuando alguien la abría la puerta. Cuando el jefe le dijo que fuese a ver a un cliente el día de la final del Real Madrid; cuando entró un chavalito timidísimo, que apenas abría la boca – hoy no hay quien lo calle-, y en tres días se convirtió en un máquina que lo mismo arreglaba el aire acondicionado que te montaba una pki; cuando hicimos la primera comida de Navidad, reservando 30 minutos antes una mesa para 7; cuando teníamos piscina; cuando la fotocopiadora estaba en la cocina; cuando nos peleabamos por bajar a comprarle kikos a la hija de la panadera-ay, omá-; o la gloriosa tostá con tortilla de patatas del bar de Las Maris; o ese becario -todavía con pelo en la cabeza- que terminó dirigiendo nuestra primera delegación internacional; o ese chaval con coleta que resultó ser el Bach de los unos y los ceros; o aquella becaria alemana con acento andaluz; o cuando entró nuestro primer compañero cubano en la empresa y lo primero que hizo fue ponerle el tobillo como una bota al de la coleta en el primer partido de futbito de Viavansi; cuando nos fuimos a ver ballenas; o el día que entró aquel asturiano que hablaba a 5x, pensaba a 10x y nos puso a 100 en 0,5; el primer embarazo; o el día que ampliamos la oficina en una tarde de demolición casera; o cuando el jefe nos pilló comiéndonos aquel delicioso y apestoso queso de su cesta de Navidad,; la primera boda -la primera vez que vimos al coletas con corbata-… eran los primeros días de Viavansi, un adolescente con las hormonas revolucionadas y ganas de comerse el mundo, al que un día se le rompieron las costuras del pantalón y que nunca se acostumbrará a los trajes de chaqueta. ¡Felicidades!